La educación de las personas refugiadas a menudo se aborda en términos de acceso, infraestructura y políticas. Sin embargo, para las niñas y los niños que crecen en los campamentos, el aprendizaje significativo comienza mucho antes de que ingresen al aula. Este se desarrolla en la vida cotidiana del campamento: en las tareas de cuidado, en las estrategias improvisadas de supervivencia y en las pequeñas responsabilidades que aceleran la madurez emocional y las habilidades prácticas. La imaginación, la resiliencia y los aprendizajes de la vida cotidiana forman un «currículo oculto» que moldea la identidad, la capacidad de actuar y el sentido de pertenencia, dimensiones que la educación formal puede pasar por alto, especialmente en contextos de crisis.
En este artículo de nuestra serie «Prestar asistencia a la población en un panorama humanitario cambiante«, la especialista en educación Sara Aleisseh combina su experiencia personal con años de labor en el ámbito de la educación humanitaria para mostrar que el «currículo oculto» que desarrollan las niñas y los niños en contextos de conflicto armado no es una carencia que deba subsanarse, sino una forma de conocimiento que merece reconocimiento. Insta a crear sistemas educativos que escuchen las realidades de las niñas y los niños, integren esas experiencias en los procesos de aprendizaje, protejan su dignidad y fomenten enfoques educativos basados en la sanación, la identidad y el sentido de pertenencia.
La vida no está hecha para complacernos, sino para ponernos a prueba. Son precisamente estas pruebas las que fortalecen nuestro espíritu, nos guían para descubrir nuestro camino y nos ayudan a forjar nuestra personalidad.
Para las niñas y los niños que crecen en condiciones de desplazamiento, el aprendizaje comienza en callejones estrechos donde las casas se apiñan unas junto a otras, en habitaciones abarrotadas donde se respira la misma incertidumbre y en hogares donde, en ocasiones, sus padres nunca tuvieron la oportunidad de asistir a la escuela. En estos entornos, incluso las necesidades más básicas permanecen desatendidas. No hay parques ni espacios públicos, ni siquiera una biblioteca. Por eso construimos nuestros propios mundos: universos imaginarios lo bastante grandes como para albergar nuestros sueños.
No me refiero aquí al «niño normal» según los estándares internacionales, evaluado a partir de indicadores del desarrollo establecidos a escala mundial. Ese niño vive en un entorno estable, donde sus necesidades físicas, emocionales y educativas están cubiertas por un sistema predecible. Su principal tarea es, sencillamente, crecer.
Por el contrario, el «superniño» del campamento se desenvuelve como alguien mucho mayor de lo que su edad haría pensar. No son «superniños» por elección propia ni porque la adversidad les resulte más llevadera. Lo son porque se han visto obligados a renunciar demasiado pronto a su infancia para sobrevivir y, muchas veces, para cuidar también de los demás. Ignorar esta realidad supone pedirles que renuncien precisamente a las habilidades que les han permitido salir adelante.
Los dos relojes del desplazamiento
Las niñas y los niños que viven en condiciones de desplazamiento llevan consigo dos relojes. El primero es el reloj biológico: el que marca los cumpleaños, las calificaciones y el crecimiento. El segundo es el reloj de la vida: el que cuenta las responsabilidades, las pérdidas, los miedos y las exigencias de la supervivencia.
Los sistemas educativos formales suelen tener en cuenta únicamente el reloj biológico. Los programas humanitarios tienden a tratar a estos niños y niñas como estudiantes cuyo aprendizaje se ha visto «interrumpido» y a quienes hay que llevar a un punto de partida común. Pero ellos no están rezagados; simplemente aprendieron de otra manera. Llegan a la escuela dotados de resiliencia, inteligencia emocional y conocimientos adquiridos a través de la experiencia que ningún plan de estudios podría enseñar.
Ahora bien, es importante entender que reconocer estas habilidades invisibles no significa glorificar la pobreza ni los conflictos armados. No admiramos la adversidad, sino el espíritu humano que se negó a dejarse doblegar por ella. Estas extraordinarias habilidades son las herramientas que las niñas y los niños forjaron para sobrevivir a una realidad a la que ningún niño debería enfrentarse jamás.
El santuario de cartón
Crecí en un lugar donde escaseaban incluso las necesidades más básicas de la infancia. Fabriqué mi propia muñeca Barbie con dos palitos de helado cruzados, una tapa de botella y retazos de tela; le cosí vestidos con mis propias manos y le construí una casita de cartón con todo lo necesario. Era un reflejo del hogar que llevaba dentro, a millones de kilómetros de mi realidad.
Hacíamos pelotas de fútbol con calcetines enrollados y transformábamos latas vacías en carritos. Con el paso del tiempo, comprendí que aquella muñeca Barbie no era solo un juguete, sino mi alter ego: una forma de imaginar mi vida más allá de los límites que me rodeaban.
Pero no todo era un juego. La bondad era una forma de vida en aquellas circunstancias tan difíciles. Ayudábamos a personas con necesidades especiales, acompañábamos a personas mayores que se sentían solas y colaborábamos con los comerciantes en tareas sencillas. Las pocas monedas que ganábamos nos daban la dignidad de poder elegir y nos permitían comprar jugos y snacks, pequeños lujos que nuestras familias simplemente no podían permitirse. No éramos solo una comunidad; éramos una gran familia: personas generosas, no porque tuviéramos mucho, sino porque compartíamos para sobrevivir juntos.
Sin darnos cuenta, como niños, aprendíamos, practicábamos e interiorizábamos profundas lecciones de vida. No las aprendíamos en los libros de texto, sino a través de actos cotidianos de generosidad, empatía y resiliencia. La infancia misma se convirtió en un currículo oculto, lleno de una sabiduría que no se enseñaba en las aulas, sino que se adquiría compartiendo y a través de la experiencia y el cuidado mutuo.
Más que momentos, fueron lecciones del currículo oculto del desplazamiento, que moldearon nuestra forma de entender el mundo mucho antes de que cualquier clase intentara enseñárnoslo.
El currículo viviente
El campamento de refugiados no es solo un lugar donde vivir; es una escuela en sí mismo, donde las experiencias cotidianas, las prácticas culturales, las estrategias de supervivencia y los paisajes emocionales dan forma a una realidad dinámica y rica en enseñanzas que es, a su vez, un currículo viviente. La educación no debería ignorar esta realidad, sino reconocerla, valorarla y aprender de ella.
La vida en el campamento me enseñó mucho más de lo que podría haber aprendido en cualquier aula. Me mostró que la supervivencia es una forma de conocimiento práctico y que cada persona del campamento tenía algo que enseñarnos.
La educación tradicional suele crear barreras artificiales entre «aprender» y «vivir», convirtiendo a los estudiantes en receptores pasivos en lugar de creadores activos. Pero en el campamento, aprender y vivir iban de la mano.
Mientras la escuela impartía sus lecciones, mi aprendizaje oculto florecía más allá de sus muros: la imaginación nacida de la necesidad, la creatividad surgida de la nada, la bondad convertida en forma de vida y la resiliencia presente en cada respiro. Al mirar atrás, me doy cuenta de que ya estábamos practicando formas de sanación mucho antes de que surgiera el concepto de atención «basada en el trauma».
Protección a través del reconocimiento: romper el ciclo de estigmatización
Cuando ignoramos lo que la vida en el campamento enseña a las niñas y los niños, los dejamos indefensos ante una sociedad que solo se fija en aquello de lo que carecen. Si no valoramos el currículo viviente que ya han aprendido, la etiqueta de «habitante del campamento» se convierte en una sombra que los perseguirá toda la vida y en una forma de decirles que valen menos que los demás. Cuando los sistemas que los rodean desconocen su resiliencia y la carga que soportan, empiezan a sentir que su verdadero ser no tiene cabida en el mundo «exterior». El silencio que rodea su genio oculto crea un muro que los obliga a elegir entre su verdad y su supervivencia.
Así que, para sobrevivir y ser aceptada en la sociedad, me convertí en dos personas: la «niña de la máscara», que mostraba al mundo, y la «sombra de la niña del campamento», que ocultaba. Elegí este camino cuando estudiaba en la secundaria y, más tarde, en la universidad, para no tener que enfrentarme al clasismo y la discriminación, porque conocía la forma en que la sociedad me miraría y me juzgaría.
Esta división no fue una derrota mía. Fue el fracaso de una sociedad que se niega a ver el talento que hay en medio de la dificultad. La mayoría de las personas miran hacia el campamento y solo ven criaturas pasivas a la espera de caridad o animales que luchan por ganarse el pan de cada día. Esto empuja a las niñas y los niños a ocultar su verdadera identidad una vez que crecen y salen de allí, con el único fin de ser aceptados y tener una oportunidad en la vida, sin darse cuenta de la fuerza, la inteligencia y el liderazgo que forjan en sus estrechos callejones.
La verdadera protección empieza por el reconocimiento. Cuando reconocemos el currículo viviente que existe en las aulas y mostramos al mundo que estos niños y niñas son personas únicas, valiosas y capaces, rompemos el ciclo de vergüenza que en su momento me llevó a guardar silencio. No es un acto de caridad, sino de prevención. Les garantiza un futuro en el que su identidad sea motivo de orgullo y no algo que deban ocultar.
Conclusión
La educación formal debería contar con una mayor financiación en situaciones de crisis. También es necesario combatir las actitudes discriminatorias hacia las niñas y los niños refugiados a nivel estructural, tal y como reconocen UNICEF y ACNUR en su Plan de acción conjunta (en inglés). Las iniciativas para garantizar que la educación de las personas refugiadas se ajuste a normas inclusivas y adaptadas, como las Normas mínimas de la INEE, son absolutamente necesarias, junto con un mayor esfuerzo para asegurar que las personas refugiadas, desplazadas y migrantes puedan acceder a una educación formal y no formal reconocida y equitativa a través del sistema educativo nacional.
Pero, sobre todo, el cambio debe comenzar por reconocer a estos superniños.
Las niñas y los niños refugiados no son recipientes vacíos a la espera de ser llenados. Llegan a la escuela «llenos», rebosantes de historias, habilidades, pesares y un talento que ninguna prueba normalizada puede medir.
Mi llamado va más allá del aula y del sector humanitario. Es un mensaje para la sociedad en general y para los sistemas globales que determinan nuestro futuro: debemos leer el «currículo viviente» que las niñas y los niños llevan consigo.
Es entonces cuando la educación deja de ser una jaula de conformismo y se convierte en un puente que une la experiencia de vida con las oportunidades, la supervivencia con la dignidad y la infancia con la esperanza.
Hoy me pregunto:
Si pudiera volver en el tiempo, ¿qué le daría a mi yo de pequeña?
No solo un pupitre o un libro de texto, sino un espacio donde mi imaginación fuera reconocida como genialidad, donde mi capacidad para cuidar de los demás se entendiera como liderazgo y donde mi supervivencia misma se honrase como la forma más profunda de sabiduría. Me regalaría lo único que realmente merezco: el derecho a sentirme completa.
Véase también
- Geeta Mahapatra, Restoring education after armed conflict: an IHL-guided framework, 26 de marzo de 2026
- Michel Anglade, Mark Chapple, Elizabeth Rushing, Protecting education from attack during armed conflict, 13 de septiembre de 2023
- Jerome Marston, Protecting education from non-state armed group attacks, 12 de septiembre de 2023
- Laura K. Taylor, Alexandra Jacobs, Rebuilding peace in divided education systems, 23 de enero de 2020
- Filipa Schmitz Guinote, Three reasons why education needs the support of humanitarian actors in conflict zones, 12 de diciembre de 2019


